sábado, 9 de diciembre de 2017

Paola


Paola se había levantado tarde y también,algo extraña. Con un dolor fuerte en la garganta, temió que fuera algún tipo de angina. Ella vivía en el subsuelo de la casona ubicada al sur de la ciudad, una zona residencial tranquila, donde habita la clase media y alta de todo el distrito. Ocacionalmente, su habitación solía ser un cuarto pequeño, justo al costado del de sus padres. Pero ella, desde hace unos meses, eligió la enorme habitación del sótano. En realidad, se trataba de un viejo depósito, que ella misma remodeló para convertirla en un dormitorio juvenil estándar.
P
ero esa mañana, algo salió mal. Su madre, pensó que Paola había salido temprano al colegio. En su apuro, quizás, vio conveniente cerrarla con llave a fin de evitar algún robo (excusa muy extraña, por cierto). Razón por la cual, la adolescente quedó encerrada con la casa vacía y, empeorando la situación, con un gran dolor de garganta. Al principio, lo tomó con calma; pero bastaron unos minutos para que los nervios comenzaran a consumirla:- ¡Abran!- gritó como pudo (había olvidado, por unos segundos, el dolor que la aquejaba) - -¡Papá! ¿Estás? ¡Quedé encerrada!.
Su enojo no era para menos: hoy presentaba un trabajo de literatura para la cual se había preparado por semanas y no quería reprobarlo por ese error absurdo.
-¡Auxilio!- volvió a pedir ayuda - ¡Abran! - a lo que sumó golpes y patadas a la puerta de hierro y madera.
Se le había iluminado la mente, cuando recordó que tenía la llave en su mochila de “Sailor Moon”. Así que corrió a buscarla, sólo para darse cuenta que la había dejado en el comedor de la casa. -¡Mierda!- insultó su suerte- ¡Aghhh!- volvió a gritar corriendo hacia la puerta para darle un golpe con un bastón de hierro que usaba de soporte para su biblioteca.
¡Abran! ¡Estoy encerrada!- insistió- ¡Papá! ¡Abrí!
No podía ser. Se trataba de una broma de muy mal gusto; estaba enojada con su madre, consigo misma por haber elegido adaptar ahí su habitación. ¿En qué había pensado? ¿A quién se le podía ocurrir hacer de un sótano su propia habitación?
El dolor de garganta, como si faltara más dramatismo, aumentaba mucho más. Ya no tenía idea del tiempo estaba transcurriendo. Los nervios podrían hacerle creer que habían pasado horas cuando apenas pasaron unos minutos, o viceversa, tal vez. ¿Cómo podría saberlo? Estaba encerrada, nerviosa y un dolor muy fuerte en la garganta.
Producto de esto, quizás, tuvo la impresión de estar quedándose sin aire, ¿por qué?. Nada de esto ayudaba a calmarla.
¡Ayuda!- golpeando como podía, aquella enorme puerta - ¡Abran! ¡Estoy abajo!
El encierro la sofocaba muy rápidamente, se estaba quedando sin aire y no podía pensar claramente. A punto de rendirse, desesperada, golpeaba la puerta, al tiempo que rompía en llantos. Golpeó durante varios minutos (o al menos, eso creía) la maciza entrada sin respuesta alguna.
De repente, sintió que la puerta, al fin, se movia. Su habitación comenzó a iluminarse con una extraña luz. Una luz que no provenía de algún lugar en concreto, sino de todos los lugares a la vez, ¡hasta desde el suelo provenía!














¿Estaba alucinando? Quizás, lo más probable. Pero algo era seguro y aterrador: Recordó que ella ya no vivía con sus padres ni tampoco asistía al colegio. Se graduó hace cinco años y desde hace tres que estaba viviendo en los suburbios a más de cinco Kilómetros de la ciudad. Tampoco vivía en un sótano. Su hogar de soltera, era un pequeño departamento de dos ambientes ubicada en un primer piso, debajo de otro departamento donde vive un  hombre que ocacionalmente cruza en el supermercado, pero éste parece no reconocerla, ya que rara vez la saluda. Como sea, ¿por qué imaginó tal situación?
El dolor de garganta era intenso y se estaba quedando sin aire. Entonces, en ese mismo instante, notó el terror de aquella situación. El horror, la impotencia y la desesperación frente a los ojos de lo que nunca imaginaría: Su vecino del departamento de arriba, la miraba con furia, a la vez que sus gruesas manos apretaban su propìo cuello.



Paola balbuceaba, casi sin aire, con lágrimas en los ojos. Si aún tenía tiempo y conciencia, se preguntaba por qué o para qué. Sus manos, que razguñaban los brazos robustos del atacante, ya no tenían fuerzas y ambos brazos cayeron por acción de la gravedad. El último llanto y la última mirada se dirigió al costado izquierdo, la fotografía de graduación muy orgullosa junto a su madre, hasta que, por fin, cerró sus ojos...

A.D. Luis

No hay comentarios:

Publicar un comentario