La tranquilidad de la noche se interrumpió diez minutos más tarde, cuando desde la radio se le informó desde la central:
-“Sujeto masculino sospechoso en la esquina de Mendoza y Los Pinos, lado norte de las vías”- informaron.
Está a doce cuadras, iría derecho cinco calles hasta Mendoza y luego siete hasta Los Pinos. Probablemente tardaría dos minutos en llegar, pero no prendería la sirena; no pretende que el sospechoso huya, quiere atraparlo al momento.
Y tal como lo imaginó, en dos minutos ya se encontró a cincuenta metros de la intersección de aquellas calles. Pero la mala suerte le jugó en contra: el móvil policial se detuvo por algún fallo que, vaya a saber, qué sería.
-No importa, estoy a seis casas- se dijo y marchó a pie, tan pronto se lo permitieron sus pies.
-No es mi noche hoy, parece- se maldijo - ¡Perra suerte!
Quizás debería replantearse lo que él llamaría “perra suerte”. Sucede que esta parte del barrio es algo particular. poco habitado, Terrenos casi sin edificar. Las calles no están asfaltadas y las luminarias no están en condiciones. Finalmente llegó a la esquina mencionada, pero no hay casas. en las cuatro esquinas, sólo hay baldíos casi abandonados. Malezas, pastizales sin podar, construcciones a medio hacer y tendidos eléctricos casi improvizados y lo peor, ningún sospechoso a la vista. ¿Ni un sospechoso? En realidad, ¡ningún ser vivo a la vista! Herbstein dudó que alguien viviera en esa zona, así que se puso a caminar unos metros sobre la calle Los Pinos en busca de algo. Y si de buscar se trataba, ya no se trataba de buscar sospechosos, sino de vida. Casi cincuenta metros y solo vio dos casas, una de madera a medio hacer y otra de dos plantas completamente a oscuras. Buscó el radio sólo para percatarse que lo olvidó en el auto - ¡Perra suerte!- volvió a insultarse
Los minutos pasan y el oficial comenzaba a ponerse algo nervioso, no quería admitirlo, pero se había perdido ¿cómo podía ser? Sólo fue derecho por Los Pinos hasta la otra esquina. Lo lógico sería volverse pasos hacia atrás y listo. Efectivamente llegó, pero no era la calle Mendoza, no recuerda la casa de madera bastante abandonada y de dos pisos, ni mucho menos, el carretón en el terreno del frente. ¿Dónde se metió?
Se planteó dos alternativas: caminar unas calles para ubicarse, o preguntar en alguna casa (si es que hay vida en alguna, claro)
Haría ambas; primero se dispuso a caminar y cruzar tres calles y nada que pudiese recordar. Sí, evidentemente, ya está entrando al estado de nerviosismo, del tipo en que ya comienza a perderse en si mismo. Algo fatal, en alguien que cae en la responsabilidad como lo debería ser un policía seguro de si mismo. Y la fatalidad mental comienza cuando decide doblar a la izquierda, creyendo conocer el lugar; sólo creyendo, porque nada del lugar le es familiar. Claramente, está perdido. Sin vehículo, sin radio y en una zona casi deshabitada; cocteles básicos para perder la razón. Ahora su misión ya no es buscar un sospechoso, ni volver al punto de partida y buscar el móvil. Su nueva misión es encontrar alguna forma de vida en este lugar.
2:45 y aún no se ubicó en espacio, hasta que , finalmente, acaba por encontrar una casa de material y techo de chapas y con un auto, aparentemente, de un modelo cercano al año ‘94. La misma no cuenta con un timbre o algún dispositivo para llamar. La casa está ubicada al fondo del terreno, un portón de madera despintada bordeaba la vereda; por lo que se dispuso a golpear el portón. Pero tras quince minutos sin encontrar respuestas, comenzó a palmear, exactamente sin respuestas.
- ¿Qué les voy a decir? ¿soy oficial de policía y me perdí? ¿por qué no? - se interroga - ¡Claro! el móvil se descompuso y necesito informar a central
¡Policía! - ya nervioso - ¡Necesito un teléfono!
Esto ya es humillante. ¿Humillante? Sorprendería saber hasta dónde llegaría tal mala suerte,que olvidó, vaya uno a saber dónde, su identificación policial.
- “¡Perra!” - se dijo a los gritos.
Ya su mente comenzó atrofiarse.
- ¡Aghhh! - vuelve a gritar - ¿qué carajos pasa?
- Policía, ¡abran! -corriendo hacia el portón de de la casa- ¡Abran o tiro la puerta abajo! - pateando con fuerza las maderas de la entrada
- ¡Abran! - pateando con mucha furia.
De alguna manera, tras media hora de gritos y violencia, alguien le oyó. Y no sólo oirle, tambien llamar a emergencias policiales.
Un móvil de seguridad se acerca para su alivio y Herbstein no pierde oportunidad; y al ya tenerlo a unos pocos metros, decide acercarse a identificarse y dar el parte. Pero la mala suerte aquí reaparece en forma de vacío mental. El oficial, olvida su nombre e identificación. ¿quién es ahora? ¿qué les diría?
Bueno, los policías del móvil toman primero la iniciativa, aunque de forma más autoritaria y menos amigable:
- ¡Arriba las manos! - ordenan - !Al piso! ¡al piso!
De pronto, Herbstein se ve a si mismo, no sólo sin su placa, sino que, tampoco sin su arma, ni uniforme. ¿Y su uniforme?
- ¿Y mi uniforme? - piensa mientras los uniformados comienzan el ritual de esposarle - Y mi nombre? ¡quién soy?”
- ¿Quién sos? ¿cómo te llamas? - indaga uno de los policías- ¿qué haces acá?
Y si todo no podía ser más extraño, Herbstein, o quien quiera que sea, mira a su alrededor, sorprendiéndose al ver todas las casas del barrio ubicado al lado norte de las vías. Todas ellas habitadas y calles asfaltadas. Los baldíos y calles de tierra, extrañamente desaparecieron.
- ¿Quién sos? - inadaga nuevamente el policía
- ¿Quién soy? - respondió mirando al policía, al compañero de éste y contemplando el extraño panorama del lugar - ¿quién soy? buena pregunta - dijo
- Muy buena pregunta.
A.D. Luis


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